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El año 2000, nuestro país ratificó el Convenio 182
de la OIT referido específicamente a la erradicación de las Peores Formas
de Trabajo Infantil (PFTI). El diagnóstico realizado por el gobierno
permitió conocer los factores asociados a estas modalidades de trabajo y
establecer mecanismos de acción que permitan aminorar sus efectos con el
fin de erradicarlas. Los siguientes son los resultados más relevantes:
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Principales resultados del sistema
de registro
La distribución por sexo muestra que
la mayoría de los niños y adolescentes involucrados en peores formas de
trabajo infantil son hombres.
De acuerdo a la
distribución por edad, el trabajo
en peores formas se concentra principalmente en el tramo de 15 a 18
años.
Las categorías de trabajos con mayor registro
dentro de las peores formas de trabajo infantil son:
- Trabajos peligrosos por condiciones (35%), entre ellos
los que impiden ir a la escuela, jornadas superiores a ocho horas
y trabajo nocturno.
- Trabajos peligrosos por naturaleza alcanzan al 20,3%,
entre los que se incluyen los que usan maquinaria, herramientas y
equipos especializados que requieren capacitación y experiencia.
Igualmente, se consideran los de levantamiento y colocación de
traslado en carga manual.
- Otro tipo de trabajo detectado es la explotación sexual
comercial infantil (23,1%), más frecuente entre las mujeres. Se
registraron casos de prostitución, turismo sexual y utilización de
niños en pornografía. Mientras que la utilización de niños y
adolescentes en actividades ilícitas, como producción y tráfico de
estupefacientes, llega al 19,1%. El 2,6% restante pertenece a la
categoría “otros”.
Finalmente, más de la mitad de los niños y
adolescentes involucrados en peores formas de trabajo infantil no asisten a la escuela al momento
de ser ingresados al registro (Asisten: 611 - No asisten: 833).
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Resultados
del estudio de casos
El estudio cualitativo permitió concluir que existen problemáticas
comunes asociadas a las distintas peores formas de trabajo infantil (ver ficha metodológica). Estos niños y
adolescentes pertenecen a familias pobres, las cuales requieren de sus
ingresos para su subsistencia. A veces, tienen una residencia poco
estable, donde no hay personas que los cuiden o protejan en lo afectivo y
formativo. Habitualmente, sufren maltrato físico, abandono o negligencia.
Sus grupos familiares viven situaciones extremas: alcoholismo de los
jefes de hogares, violencia familiar, drogadicción entre otros.
Aquellos que realizan actividades ilícitas
son, por lo general, de escasos recursos. Sin embargo, los ingresos que
obtienen generalmente no los aportan al grupo familiar, sino los ocupan
en su propio consumo (jeans, zapatillas, drogas o alcohol) y sólo hacen
pequeñas contribuciones al hogar. Para estos niños, la madre es una
figura fundamental, no así el jefe de hogar a quien sienten lejano. En el
hogar no se sancionan conductas transgresoras, como la inasistencia a
clases. Se comprometen en actividades delictuales, principalmente,
llevados por sus progenitores o por amigos.
Ellos desean salir de su condición, lo que se refleja en sus deseos para
el futuro.
Quienes están sometidos a la explotación
sexual pertenecen a familias que no ejercen sus funciones
económicas y afectivas para la protección. También hay casos en que la
madre o familiares ejercen el comercio sexual. Otros, en que los expulsan
del hogar y el comercio sexual pasa a ser una forma de sobrevivir en la
calle. En general tienen pocos amigos y se relacionan con estos a través
del consumo de alcohol y drogas. No le cuentan a nadie su situación por
miedo a que los rechacen. Sólo se identifican como víctimas de
explotación cuando los adultos, como proxenetas o clientes, ejercen
abusos físicos.
Los niños consideran su actividad como dañina para
su integridad personal. Desearían cambiar de vida, pero necesitan el
apoyo de instituciones o personas que los quieran.
Los que hacen trabajos peligrosos
por sus condiciones, generalmente forman parte de familias que los
protegen y cubren sus necesidades económicas y afectivas, pero que
presentan debilidad en la función normativa. Por eso no logran impedir el
abandono escolar ni las “malas juntas” de sus hijos.
Estos niños y adolescentes manifiestan interés por
ingresar al grupo de sus pares e imitar la actividad que se desarrolla en
la calle, siendo esto incluso más importante que su familia. Sus ingresos
los destinan al consumo personal, con aportes voluntarios no
significativos al presupuesto familiar.
Este grupo no desea cambiar su estilo de vida y
valora trabajar en la calle, porque siente que allí desarrolla sus habilidades
y puede obtener el dinero para cumplir sus deseos de consumo. Ellos
declaran que se mantendrán en la actividad hasta que deje de ser
lucrativa. Sugieren salidas de tipo institucionales.
Los que efectúan trabajos peligrosos por naturaleza
generalmente pertenecen a familias nucleares biparentales, tienen sus
necesidades de cuidado y protección cubiertas y se sienten parte de ese
grupo. Trabajan para contribuir a la subsistencia del hogar, en labores
que consideran como oficio familiar. Hay casos en que el menor entrega
todo sus ingresos a un adulto a cargo que no puede trabajar. El rol de
sus pares es el tradicional, como referente para volcar emociones propias
de la etapa de desarrollo.
Para estos niños y adolescentes, el trabajo
representa un valor en sí mismo y se proyectan a la vida adulta en la
actividad que realizan, pero con condiciones laborales mejoradas.
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